Hice que Chat GPT contara la historia OTRA VEZ LIBRE, pero al estilo de HABLANDO HUEVADAS (HH). Para tal efecto, subí los últimos videos de HH, a fin de que Chat GPT estudiara el estilo de humor utilizado, y lo aplicara a la versión "normal".
Este fue el resultado:
OTRA VEZ LIBRE – versión sin filtro
—Oe… ¿tú sabes qué significa que tu jefe te cite un viernes en la tarde?
—¿Ascenso?
—No, papi. Significa que ya no eres parte del presupuesto del siguiente Excel.
Viernes.
Yo entro tranquilo. Seguro otra felicitación. Otro “gracias por tu compromiso”.
Y me suelta:
—“Trabajas hasta fin de mes.”
Así.
Sin música triste. Sin PowerPoint.
Fecha de vencimiento humana.
Y yo pensando:
¿Pero qué hice?
¿Le bajé demasiado el gasto?
¿Arreglé demasiadas cosas?
¿Funcionó demasiado bien el hotel?
Porque cuando yo llegué, ese edificio estaba poseído.
Malos olores que parecían tener contrato indefinido.
Presión de agua bipolar.
Equipos de respaldo que eran respaldo… del museo.
Extractores en la azotea que trabajaban dos horas por semana “para ahorrar energía”.
O sea, el aire también tenía horario sindical.
Cisternas sin mantenimiento desde la independencia del Perú.
Historial de reparaciones inexistente.
Ese hotel tenía más misterio que político en campaña.
Y yo —iluso profesional— dije:
“Vamos a ordenar esto”.
Programa preventivo real.
Equipos funcionando.
Ahorro energético 12.5%.
—¿12.5%?
—Sí.
—Eso en hotelería no es ahorro, es traición.
Encima contraté limpieza con drones.
DRONES.
Mientras otros colgaban gente como decoración navideña, yo mandaba un robot volador.
Un tercio del costo. Mitad del tiempo.
Cero riesgo.
Pero claro… eso no es tan emocionante como pagar de más.
Negocié tarifa eléctrica.
Pasé de cliente regulado a cliente libre.
17% menos en consumo.
Inspección municipal: cero observaciones.
CERO.
Eso en Miraflores es como caminar sobre el agua.
Promoví gente.
Hice crecer técnicos.
Convencí al más antiguo de estudiar ingeniería.
Eso ya es milagro con certificado celestial.
Me premiaron por Innovación.
Gané concurso interno.
El proyecto nunca se ejecutó, obviamente.
Porque a la empresa le encanta aplaudirte…
pero desde lejos.
Hasta que un día escucho al dueño decir:
“En mi otro hotel boté al jefe y puse a un técnico. Más obediente.”
Más obediente.
Ahí entendí todo.
No querían resultados.
Querían sumisión.
No querían criterio.
Querían silencio.
Yo no era costoso.
Era incómodo.
Yo preguntaba.
Cuestionaba.
Explicaba por qué algo estaba mal.
Y eso… eso es peligroso.
Llegó el 31 de enero de 2026.
Mi jefe con ojos húmedos.
Húmedos corporativos.
Lágrima con KPI.
Yo esperando la razón real.
Algo concreto.
Un error. Una falla.
Nada.
Silencio elegante.
Despido gourmet.
Y salí pensando algo brutal:
En algunas empresas, si arreglas demasiado… desordenas el sistema.
Porque el sistema no está hecho para funcionar perfecto.
Está hecho para mantener jerarquías cómodas.
Y ahí, caminando, entendí algo más fuerte que cualquier liquidación:
No me estaban castigando por incompetente.
Me estaban expulsando por independiente.
Hay organizaciones donde la excelencia molesta.
Donde pensar molesta.
Donde tener dignidad es un problema operativo.
Y entonces lo vi claro.
No me botaron.
Me liberaron.
Porque cuando te despiden por no ser obediente…
no te están quitando el puesto.
Te están confirmando el carácter.
—O sea…
—Sí.
—Otra vez libre.
Y eso, hermano…
eso sí no lo pueden controlar.
