martes, 10 de febrero de 2026

OTRA VEZ LIBRE

Era viernes, ese día de la semana que suele venir con olor a libertad y termina, a veces, con aroma a sentencia judicial. Mi jefe me llamó a su oficina y, con la solemnidad de quien anuncia un eclipse, me informó que trabajaría “solo hasta fin de mes”.

No había motivos razonables. O al menos no motivos confesables. Mis indicadores relucían como vajilla recién pulida, mis objetivos caían uno tras otro como pinos en un campeonato de bolos, y los problemas históricos del hotel —esas maldiciones técnicas que parecían heredadas desde la colonia— habían sido exorcizados por mis esplendorosas manos.

Cuando llegué, el edificio tenía más achaques que un hipocondríaco. Malos olores crónicos que parecían tener ciudadanía propia, presiones de agua con más cambios de humor que adolescente en crisis, equipos estratégicos de respaldo convertidos en reliquias inservibles. Uno de los propietarios, el más criticón, al menos fue justo al decir que algunos de esos males existían desde la inauguración del hotel, siete años atrás, como si formaran parte del paisaje arquitectónico.

Yo, con una mezcla de ingeniero, detective y domador de fieras mecánicas, fui desmontando aquel museo del desastre. Bueno… debo decir que mi equipo y Yo, no?  Está bien… Yo reactivé sistemas olvidados, resucité equipos que parecían haber firmado su acta de defunción, diseñé un programa de mantenimiento preventivo donde antes solo existía la “filosofía” del “sana, sana, culito de rana”-

Había cisternas que no veían limpieza desde tiempos inmemoriales —un pequeño océano subterráneo de posibles bacterias conspirando contra huéspedes y trabajadores—, extractores de aire en la azotea que funcionaban solo cuando el técnico más antiguo tenía ganas de recordar el botón de encendido, y un registro histórico de reparaciones tan inexistente como un unicornio.

Todo eso cambió. Los problemas perennes dejaron de serlo. Los malos olores se retiraron con dignidad. La presión del agua se volvió estable, adulta, responsable (de acuerdo a las estadísticas de quejas). Logré un ahorro energético del 12,5% anual, cifra que en el mundo hotelero equivale a encontrar un lingote de oro detrás de una maceta.

Incluso me di el lujo de innovar: contraté una empresa que limpiaba fachadas con drones. Sí, drones. Mientras otros seguían colgando trabajadores como adornos navideños, yo veía un pequeño aparato volador hacer el trabajo en la mitad del tiempo y a un tercio del costo. Me sentía un poco Tony Stark, pero sin traje metálico ni cuenta bancaria multimillonaria.

Negocié tarifas eléctricas, pasé de cliente regulado a cliente libre, reduje costos en 17%, gestioné lo mismo para el hotel hermano, aprobé inspecciones municipales sin una sola observación —hazaña que en Miraflores roza lo milagroso— y hasta encontré tiempo para cultivar personas.

Promoví a un operario a técnico, a un practicante a técnico, convencí al más antiguo de estudiar ingeniería industrial (lo cual fue casi tan difícil como convencer a un gato de bañarse), y uno de mis muchachos terminó siendo empleado del trimestre. Yo mismo había sido premiado por el valor de Innovación y ganado un concurso interno con un proyecto que, por supuesto, nunca se implementó. Las empresas aman premiar ideas; implementarlas ya les parece un exceso.

Todo era aplausos, reconocimientos, felicitaciones desde la dirección regional de Mantenimiento LATAM, agradecimientos por auditorías exitosas en Cusco. Un currículum reciente que parecía escrito por un publicista con exceso de entusiasmo.

Pero las organizaciones son criaturas extrañas. Un día escuché, casi por casualidad, a uno de los propietarios comentar que en su otro hotel había despedido al jefe de mantenimiento para poner a un técnico como supervisor. “Más obediente y con mejores resultados”, dijo. La frase cayó en mis oídos como una gota de ácido lento. No necesitaba ser adivino: ese mensaje tenía destinatario.

Y así, a pesar de todo, llegó el 31 de enero de 2026.

Cuando mi jefe me dio la noticia definitiva, noté sus ojos ligeramente húmedos. Una humedad protocolar, digamos. De esas que se ensayan frente al espejo. Intuí que la decisión no era suya, o quizá sí lo era, pero sin el coraje de asumirla del todo. Se olía que me sacaban por cuestionador, por incómodo, por tener la mala costumbre de pensar en voz alta y la peor costumbre aún de tener dignidad.

Ese viernes nadie me consoló. Y, siendo honesto, tampoco quería abrazos administrativos ni palmaditas institucionales. Quería otra cosa: una explicación verdadera. Un “hiciste esto mal”. Un motivo concreto, aunque doliera.

Pero las empresas rara vez otorgan ese lujo. Prefieren el silencio elegante, el eufemismo, el “no eres tú, es el presupuesto”…. Ta mare….

Salí del hotel con la sensación absurda de haber sido despedido por hacer demasiado bien mi trabajo. Caminé sin prisa, con ese nudo en la garganta que uno jura no tener, sintiendo que se me caían del bolsillo años de esfuerzo invisibles.

Y entonces, contra todo pronóstico, llegó la única consolación que realmente necesitaba. No vino de un gerente, ni de un colega, ni de un correo de Recursos Humanos. Vino de un lugar más íntimo y menos burocrático: una especie de paz silenciosa, un espíritu bondadoso y etéreo que me recordó que la dignidad no figura en las planillas, pero sostiene la vida.

Esa consolación —abstracta y real al mismo tiempo— fue la que me permitió entender algo fundamental:

Que a veces no te despiden por malo.

Te despiden por libre.

jueves, 23 de julio de 2020

Hacia la cima del Misti

Mi viejo (super arequipeño) había conseguido un buen puesto (Superintendente de Mantenimiento Mecánico) en una compañía minera (El Madrigal) en Arequipa, así que después de pensarlo ½ vez, decide llevar a toda la familia a vivir a Arequipa…Dejamos Lima, rumbo al “extranjero”, con todas nuestras chivas. Nos alojamos provisionalmente en la casa de mi prima Betty y su esposo Teófilo, en Hunter. A Raúl y a mí nos matricularon en un colegio piloto cerca a la Plaza de Armas, en donde los characatos nos tenían bronca por el solo hecho de ser limeños “peruanos” y nos parábamos mechando para defender la honra de nuestro país.
Mi vieja extrañaba diariamente a mi abuelita Luz…. Mi viejo la calmaba diciéndole que iba a comprar una casa en la Urb. Monterrey y allí viviríamos todos por el resto de nuestros días…felices para siempre.
Mis hermanos Raúl y Tita y yo nos divertíamos todas las tardes en la chacra que tenía la familia de Teófilo, a unos minutos de su casa, en donde habían sembrado maíz, caña de azúcar, cebollas …y tenían algunos chivitos, una vaca y algunos caballos. A lo lejos (aunque por la nitidez de la atmósfera de la campiña arequipeña, parecía más bien muy cerca…) se veía el volcán Misti, muy majestuoso….Mientras que mi vieja, mis primas Rosa, Adita y Betty miraban TV en casa.
Todos los días no dejábamos de ver el volcán, y nos sorprendía siempre su fumarola encima de su cono de nieve.
Hasta que un día, en una Asamblea de hermanos, acordamos llegar a la cima del Misti…
Y patas a la obra, empezamos nuestra aventura…Caminamos a paso firme por la campiña en dirección al volcán. Veíamos muy cerca las faldas del Misti, esperándonos, con zonas iluminadas nítidamente por el sol y sombras contrastantes. La emoción nos embargaba. Para reponer energías masticábamos constantemente pedazos de tallos de maíz y el juguito dulce nos proporcionaba las necesarias calorías para la travesía.
Ya empezaba a oscurecer, y nosotros seguíamos caminando en dirección al Misti..y el maldito volcán ni se inmutaba…seguía igualito, del mismo tamaño …llegamos a pensar que estábamos caminando encima de una faja transportadora en sentido contrario….Llega la noche, y la Luna ahora nos acompañaba….y seguíamos rumbo a la cima del Misti…Y el Misti allí, igualito, sólo que se veía algo tenue por la débil luz de la Luna…Tita ya empezó a llorar porque había visto un fantasma (en realidad era un espantapájaros) y Raúl casi estaba convencido que había visto a un cura sin cabeza y a la señora “Mieda”…Yo también comencé a ponerme algo nervioso pues por ratos la oscuridad no nos permitía dar pasos firmes …
En Asamblea Nocturna Extraordinaria de hermanos, decidimos mandar a la mierda al Misti y retornar. Pero el tema era que no sabíamos por dónde. Y ya bien entrada la noche, nuestros corazoncitos palpitaban más de miedo que de cansancio…
Creo que la Virgen de Chapi nos ayudó encontrar el camino de regreso..
Ya cerca a la zona semiurbana de Hunter, oíamos que gritaban nuestros nombres…era mi vieja, y varios familiares y vecinos que estaban más asustados que nosotros…. Y nos abrazaban como nunca!! Hasta lloraban… Fue un momento muy extraño…. Habíamos aprendido a ser amados. Muchas gracias Misti!!


martes, 19 de noviembre de 2019

Alegría navideña

Cuando tenía 7 años, mi viejo trabajaba en el área de Mantenimiento de la empresa Cemento Andino en Tarma, y le tocó pasar Navidad en la mina. Así que decide llevar a mi vieja, a mí y a mis hermanos, al Casino de esta empresa, en donde festejaríamos la Navidad a lo grande- según El-. Ya en el campamento de empleados, con mis hermanos estábamos un poco aburridos esperando la Nochebuena …había una mesa larga con bocaditos y todo tipo de carnes, y las neveras estaban llenas de gaseosas y chelas…pero no había mucha gente, pues la mayoría estaba en Lima…  Decidí salir por los alrededores del casino con Javier, un pata –hijo de otro ingeniero - que recién había conocido, a fin de ver qué podíamos hacer para darle un ambiente más navideño al tétrico club… Nos sentamos frente al edificio y nos dimos cuenta que los focos de colores instalados alrededor de toda la fachada del edificio, estaban prendidos de manera perenne, y eso, no era bueno… Le propongo a Javier hacer que esos focos prendan y apaguen como las luces normales de los arbolitos de navidad…. Y decidimos hacer el seguimiento del recorrido del cable eléctrico de las luces quietas, hasta dar con el tomacorriente (ubicado al lado de la escalera en el segundo piso) en donde estaba enchufado el circuito de las luces, y decidimos darle alegría navideña a la mina, turnándonos con el acto de desenchufar y enchufar las luces de colores de la fachada… Al principio nos asustó un poco el arco eléctrico que se formaba en el enchufe cuando lo  desconectábamos del tomacorriente, con un extraño ruido como de relámpago…pero después entendimos que hacer más divertida la Navidad en la mina, tenía su costo, y lo asumiríamos… 
No estuvimos mucho tiempo generando la alegría navideña en la mina pues se acercó un técnico de mantenimiento al segundo piso y nos resondró de manera muy airada, y yo le dije al técnico que lo acusaría con mi papá, pero el técnico me dijo que mi propio padre le había ordenado que me busque pues estaba seguro que yo tenía algo que ver con esa alegría navideña… (menos mal que no se enteró que en la tarde con mi hermano Raúl habíamos estado “paseándonos” encima de una faja transportadora que llevaba mineral a un molino…).

viernes, 11 de octubre de 2019

Decisión acertada


Cuando laboraba en Moyobamba, en el Proyecto Especial Alto Mayo, en la Sub Gerencia de Infraestructura Social, esperaba con ansias el fin de mes en que venía a Lima para estar valiosas horas con mi enamorada a la que inundaba de besos (con los respectivos devengados de los días del mes en que no estaba con Ella)…Los vuelos (en avión) con las benditas turbulencias me aterrorizaban tanto que preferiría no volar, pero el amor opacaba ese temor, así que la tortura que en ese tiempo para mí significaba la idea de morir sin haber cumplido mis sueños, se eclipsaba con la compensación de los besos a mi (y de mi) amada.

Ese día y medio cada mes en Lima para mí era la gloria…paraba con mi flaca, y también con mi vieja, que tampoco quería separarse de mí, casi obstaculizando la intimidad que mi flaca y yo merecíamos después de un mes de no vernos.

En ese entonces no existían los celulares, y la comunicación telefónica era complicada, y las llamadas a larga distancia las tenía que hacer a través de las cabinas de Entel (La empresa estatal de telecomunicaciones ….no la empresa Chilena actual - con el mismo nombre- que reemplazó a Nextel…). Todos los fines de semana llamaba largos minutos a mi amada desde Moyobamba, para contarle las experiencias de la semana (todas muy sanas por cierto), y para hacerla reir, pues sabía lo triste que estaba sin mí, así como yo lo estaba sin Ella…. No obstante, esos minutos con mi flaca eran interrumpidos por mi vieja que también quería hablar conmigo:

-       Hijito, cómo estás? Ten cuidado con los narcos y los subversivos…Ah! Cuídate de las charapas…Abrígate en las noches (con tanto calor no podía cumplir ese recado…)…No tomes… Te extraño mucho…No te amanezcas estudiando…descansa…vienes este fin de mes, no?...Cuando vengas te preparo tu cebiche, tu arroz con pollo y tu lomo saltado…(Etcétera, etcétera)

-       …Ta que, ya mamá….déjame hablar con Miriam pe…

Y así, todas las semanas … Mi vieja me quitaba valiosos minutos de conversación con mi amada…. Y sutilmente yo la cortaba para que me deje hablar con Miriam…para evitar echar más monedas en la ranura del aparato…

Hasta que en una llamada telefónica en la cabina, mientras afuera había una tormenta, y la lluvia caía haciendo más bulla que de costumbre, me contesta mi vieja, y la noté entusiasta y triste a la vez, y me empezó a poner al día de todas las ocurrencias de la semana en Lima…. En ese momento pensé en que Ella en algún momento ya no estaría en este mundo y me imaginé lo que pagaría para poder hablar aunque sea un minuto con Ella…en ese momento, eché todas las monedas que tenía y con un interés real e intenso, empecé a gozar cada palabra que me decía, a saborear cada frase, cada silencio…Y así, cada semana, mi perspectiva ya cambiada, hizo que gozara mucho más la conversación telefónica con mi vieja…también.

Entendí que la palabra “o” sí se puede reemplazar por la palabra “y”, y comencé a conversar las semanas siguientes con mi flaca y con mi vieja, pensando en que no podía desperdiciar esa bendición de tener viva a mi vieja.

Al pasar los años, veo que fue una decisión muy acertada.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Se terminó la película...


No recuerdo cuántos años tenía, creo que año y medio, pues no poseía un repertorio lingüístico suficiente como para expresar mis sentimientos en aquel entonces… El asunto es que me encontraba viendo una película en el televisor, en donde me había compenetrado con el principal protagonista, un patita que saltaba del avión y de su mochila salía una gran carpa que frenaba su caída libre y lo hacía caer sin problemas en el suelo…

Bueno, ese patita hablaba con muchas personas temas seguramente interesantes y graciosos, pues hacía que sus interlocutores se rieran, y yo también me reía. Había una chica en especial a la que él siempre miraba de una manera muy especial, y se ponía triste, y lloraba…y yo hacía un puchero. La película se fue desarrollando mientras que mi viejo, mi vieja y mi abuelito, conversaban animadamente… Hasta que mi viejo intenta cambiar de canal, y me dio una rabieta…así que decidió dejar que siga viendo esa película a sugerencia de mi abuelito….Luego de varios comerciales, la historia que estaba viviendo continuaba con más saltos desde el avión del protagonista principal y la gran carpa que se abría y lo salvaba siempre….hasta que en una de esas caídas, no se abre la carpa, y el patita cae violentamente en el piso, y ya no pudo conversar más, ni siquiera se movía, y sus amigos se apenaron….y yo también. Y la película acabó dejándome una angustia infinita y empecé a llorar….Mi vieja me dijo que no llore que ya iban a dar otra película…

Momento de Máxima Felicidad

Estaba mi vieja en su cama, en el hospital, luego de la diálisis… Los médicos le habían puesto otro catéter, y nos pidieron a los visitantes que tuviéramos la amabilidad de salir de la habitación. Ella lloraba y por ratos rezaba…y en un momento de desesperación solicitó ayuda a mi tía Rosa para que rezara también pidiéndole a Dios que termine su agonía. Yo estaba muy conmovido, y con un nudo en la garganta me acerco a mi vieja y peinándola con mis dedos le dije que se tranquilizara, que toda iba a pasar pronto, que se concentrara en algo bello y maravilloso que le hubiera sucedido, que recuerde algo que la había hecho muy feliz, algo que represente el momento máximo de felicidad en su vida… Y surgió efecto!!...Por un momento Ella se calmó, me miró fijamente a los ojos y sonrió apaciblemente (yo también me calmé)… y con una mirada muy tierna me dijo que sí, que sí funcionaba mi sugerencia de pensar en algo maravilloso…y siguió sonriendo de felicidad …..Curioso yo le pregunté:

-       Mamá, dime, qué recuerdas?

-       Hijo, recuerdo justo el día que naciste….

domingo, 2 de junio de 2019

Biométricamente

La primera vez que fui a USA, a New Jersey, estaba algo palteado, con el temor de no entender las órdenes de los agentes policiales y funcionarios del aeropuerto de Newark, así que me puse en modo de alerta máxima para captar todas las instrucciones e incluso adelantarme proactivamente a algunas que eran muy evidentes…
Tenía a la mano mi pasaporte y mi visa y puse cara de persona normal (se me hace un poco difícil…), reprimí mi manía de hacer bromas estúpidas relacionadas a temas delicados (recomendación repetida hasta el cansancio por mi flaca…), respiraba profundo… Avanzaba eficientemente por todos los procedimientos de migraciones, sin mirar a los ojos de nadie…sólo me dediqué a obedecer y obedecer… faltaba poco ya para la autentificación biométrica en donde un aparato iba a reconocer el iris de mi ojo con una iluminación infrarroja que reduce el reflejo en la córnea para poder visualizar óptimamente las estructuras complejas del iris… así que antes de llegar al aparato reconocedor ese, comencé a parpadear rapidito y a tratar de generar algo de lágrimas para lubricar y limpiar mi retina para facilitar el procedimiento del reconocimiento del iris… Ya en la ventanilla entrego mis documentos – y a lo lejos me observaba algo nerviosa mi flaca -, y proactivamente, adivinando la orden del procedimiento de reconocimiento biométrico, me acerco al aparato y poso mi ojo derecho (al que previamente le había rizado las pestañas) en una especie de cámara fotográfica, y me detengo en esa posición por algunos segundos…. Supuse que ya había dado el tiempo necesario y suficiente para que mi iris sea reconocido, así que me enderecé con gran aplomo y miré al funcionario norteamericano de la ventanilla para que me diera el OK, pero noté que su cara de poto se había transformado esbozando una sonrisa mal disimulada… en ese mismo instante sentí un grito telepático de mi adorada esposa que estaba horrorizada… hasta que en ese instante me di cuenta rapidito que en ese aeropuerto no existía reconocimiento biométrico, y que ese dispositivo al que me había acercado, era solamente una simple cámara fotográfica digital.
Bueno, me decepcionaron las medidas de seguridad de ese aeropuerto. Obviamente que el funcionario norteamericano, muy avergonzado, sólo atinó a pedirme que no me moviera mucho para tomarme la simple foto…