EXtraño: Una EXplosión y un EXloco
Durante una época tuve un Ford Escort negro de segunda mano que guardaba un vicio infame: se apagaba cuando le daba la gana. Sin avisar, sin patrón y en el peor momento posible, el auto decidía declararse en huelga y exponerme al ridículo. El diagnóstico improvisado le echaba la culpa a la batería, que se agotaba a mitad de camino y nos dejaba tirados en medio de la nada. Con el tiempo, Miriam y yo convertimos la falla en un engranaje coordinado: ante el primer tictac de muerte, yo saltaba al capó a mover cables mientras ella probaba el encendido desde el volante. Si salíamos de casa de algún familiar, nos asegurábamos de estacionar en bajada, confiando más en la ley de la gravedad que en la traicionera ingeniería eléctrica de la Ford. Por supuesto, la rutina solía venirse abajo entre reproches y discusiones al paso; no llevé la cuenta exacta, pero fácil fueron catorce peleas de carretera. Una madrugada, de regreso de una reunión, el Escort decidió desmayarse en plena avenida Mar...



