La extraña teoría de mi hermano sobre la velocidad
Cuando tenía unos nueve años, vivíamos esas vacaciones de enero en las que los días parecían durar muchísimo más que ahora. Uno se levantaba temprano, desayunaba, salía a jugar y podía pasar toda la mañana haciendo cualquier cosa sin que nadie estuviera pendiente de celulares, WhatsApp, videojuegos ni ninguna de esas cosas que hoy hacen que un niño pueda pasar seis horas sentado sin darse cuenta de que afuera existe un mundo bastante más interesante. Nosotros teníamos la calle, los amigos, una pelota y, sobre todo, una imaginación bastante generosa para convertir cualquier cosa en un experimento. Y en mi casa, además, mi hermano Raúl, tres años menor que yo, tenía una curiosidad particularmente peligrosa. Era de esos niños que, cuando alguien decía que algo funcionaba de determinada manera, en lugar de aceptarlo tranquilamente, inmediatamente quería comprobar si podía funcionar de otra. Si había una manera conocida de hacer algo, él quería descubrir otra. Y si esa otra manera era más r...


