Era viernes, ese día de la semana que suele venir con olor a libertad y termina, a veces, con aroma a sentencia judicial. Mi jefe me llamó a su oficina y, con la solemnidad de quien anuncia un eclipse, me informó que trabajaría “solo hasta fin de mes”.
No había motivos razonables. O al
menos no motivos confesables. Mis indicadores relucían como vajilla recién
pulida, mis objetivos caían uno tras otro como pinos en un campeonato de bolos,
y los problemas históricos del hotel —esas maldiciones técnicas que parecían
heredadas desde la colonia— habían sido exorcizados por mis esplendorosas manos.
Cuando llegué, el edificio tenía
más achaques que un hipocondríaco. Malos olores crónicos que parecían tener
ciudadanía propia, presiones de agua con más cambios de humor que adolescente
en crisis, equipos estratégicos de respaldo convertidos en reliquias
inservibles. Uno de los propietarios, el más criticón, al menos fue justo al
decir que algunos de esos males existían desde la inauguración del hotel, siete
años atrás, como si formaran parte del paisaje arquitectónico.
Yo, con una mezcla de ingeniero,
detective y domador de fieras mecánicas, fui desmontando aquel museo del
desastre. Bueno… debo decir que mi equipo y Yo, no? Está bien… Yo reactivé sistemas olvidados,
resucité equipos que parecían haber firmado su acta de defunción, diseñé un
programa de mantenimiento preventivo donde antes solo existía la “filosofía”
del “sana, sana, culito de rana”-
Había cisternas que no veían
limpieza desde tiempos inmemoriales —un pequeño océano subterráneo de posibles
bacterias conspirando contra huéspedes y trabajadores—, extractores de aire en
la azotea que funcionaban solo cuando el técnico más antiguo tenía ganas de
recordar el botón de encendido, y un registro histórico de reparaciones tan
inexistente como un unicornio.
Todo eso cambió. Los problemas
perennes dejaron de serlo. Los malos olores se retiraron con dignidad. La
presión del agua se volvió estable, adulta, responsable (de acuerdo a las
estadísticas de quejas). Logré un ahorro energético del 12,5% anual, cifra que
en el mundo hotelero equivale a encontrar un lingote de oro detrás de una
maceta.
Incluso me di el lujo de innovar:
contraté una empresa que limpiaba fachadas con drones. Sí, drones. Mientras
otros seguían colgando trabajadores como adornos navideños, yo veía un pequeño
aparato volador hacer el trabajo en la mitad del tiempo y a un tercio del
costo. Me sentía un poco Tony Stark, pero sin traje metálico ni cuenta bancaria
multimillonaria.
Negocié tarifas eléctricas, pasé
de cliente regulado a cliente libre, reduje costos en 17%, gestioné lo mismo
para el hotel hermano, aprobé inspecciones municipales sin una sola observación
—hazaña que en Miraflores roza lo milagroso— y hasta encontré tiempo para
cultivar personas.
Promoví a un operario a técnico,
a un practicante a técnico, convencí al más antiguo de estudiar ingeniería
industrial (lo cual fue casi tan difícil como convencer a un gato de bañarse),
y uno de mis muchachos terminó siendo empleado del trimestre. Yo mismo había
sido premiado por el valor de Innovación y ganado un concurso interno con un
proyecto que, por supuesto, nunca se implementó. Las empresas aman premiar
ideas; implementarlas ya les parece un exceso.
Todo era aplausos,
reconocimientos, felicitaciones desde la dirección regional de Mantenimiento
LATAM, agradecimientos por auditorías exitosas en Cusco. Un currículum reciente
que parecía escrito por un publicista con exceso de entusiasmo.
Pero las organizaciones son
criaturas extrañas. Un día escuché, casi por casualidad, a uno de los
propietarios comentar que en su otro hotel había despedido al jefe de
mantenimiento para poner a un técnico como supervisor. “Más obediente y con
mejores resultados”, dijo. La frase cayó en mis oídos como una gota de ácido
lento. No necesitaba ser adivino: ese mensaje tenía destinatario.
Y así, a pesar de todo, llegó el
31 de enero de 2026.
Cuando mi jefe me dio la noticia
definitiva, noté sus ojos ligeramente húmedos. Una humedad protocolar, digamos.
De esas que se ensayan frente al espejo. Intuí que la decisión no era suya, o
quizá sí lo era, pero sin el coraje de asumirla del todo. Se olía que me
sacaban por cuestionador, por incómodo, por tener la mala costumbre de pensar
en voz alta y la peor costumbre aún de tener dignidad.
Ese viernes nadie me consoló. Y,
siendo honesto, tampoco quería abrazos administrativos ni palmaditas
institucionales. Quería otra cosa: una explicación verdadera. Un “hiciste esto
mal”. Un motivo concreto, aunque doliera.
Pero las empresas rara vez
otorgan ese lujo. Prefieren el silencio elegante, el eufemismo, el “no eres tú,
es el presupuesto”…. Ta mare….
Salí del hotel con la sensación
absurda de haber sido despedido por hacer demasiado bien mi trabajo. Caminé sin
prisa, con ese nudo en la garganta que uno jura no tener, sintiendo que se me
caían del bolsillo años de esfuerzo invisibles.
Y entonces, contra todo
pronóstico, llegó la única consolación que realmente necesitaba. No vino de un
gerente, ni de un colega, ni de un correo de Recursos Humanos. Vino de un lugar
más íntimo y menos burocrático: una especie de paz silenciosa, un espíritu
bondadoso y etéreo que me recordó que la dignidad no figura en las planillas,
pero sostiene la vida.
Esa consolación —abstracta y real
al mismo tiempo— fue la que me permitió entender algo fundamental:
Que a veces no te despiden por
malo.
Te despiden por libre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario