Santa Marta: vacaciones, un caballo y mantenimiento correctivo
Hay vacaciones que uno recuerda por las playas, los paisajes, la comida, el hotel o las fotografías que después publica para que los demás sepan que uno estuvo allí. Y hay otras que uno recuerda porque casi pierde el vuelo, termina viajando por carretera, se cae de un caballo, acaba en una clínica y regresa a Lima para que le reparen el hombro.
Las mías fueron de las segundas.
Mi esposa Miriam y yo viajamos a
Santa Marta, Colombia, con una idea bastante sencilla: descansar, conocer,
comer rico y pasar unos días juntos frente al mar. Lo que no sabíamos era que
el viaje iba a convertirse en una especie de curso intensivo de contingencias,
improvisación y mantenimiento correctivo.
Nuestro vuelo hacía escala en
Panamá y, cuando ya nos acercábamos al aeropuerto, el capitán anunció que no
recibíamos autorización para aterrizar porque había demasiado tráfico aéreo.
Así que comenzamos a dar vueltas. Una, dos, tres... y algunas más. Yo miraba
por la ventana pensando que, por lo menos, estábamos conociendo Panamá desde
arriba, hasta que el capitán anunció que el combustible comenzaba a ser un
problema y que debíamos aterrizar en otro aeropuerto cercano para abastecernos.
Cuando aterrizamos, yo estaba
convencido de que finalmente habíamos llegado a Panamá. Comencé a preparar mis
pequeñas maletas para bajar y fue entonces cuando apareció la aeromoza para
informarme, con esa paciencia que tienen las personas que ya han visto de todo,
que todavía no habíamos llegado. Era una escala técnica. Yo ya estaba haciendo
turismo sin haber salido del avión.
Así que nuestro viaje se
convirtió, inesperadamente, en un viaje Lima – Panamá – aeropuerto desconocido
– Panamá – Barranquilla – Santa Marta.
Visto ahora, parece el itinerario
diseñado por alguien que quería asegurarse de que uno no llegara descansado a
sus vacaciones.
Finalmente llegamos al verdadero
aeropuerto de Panamá, pero con retraso y, como consecuencia, habíamos perdido
el vuelo de conexión a Santa Marta. Fui a reclamar. Primero con educación,
después con firmeza y, finalmente, con una indignación que podría describirse
como Mr. Bean versión peruana. La aerolínea nos explicó que no era
responsabilidad de ellos y que debíamos reclamar al aeropuerto, pero tenían una
alternativa: un vuelo a Santa Marta tres días después.
Tres días.
Yo había reservado hotel y tenía
vacaciones programadas. No estaba dispuesto a pasar tres días contemplando el
aeropuerto de Panamá como atracción turística. Después de discutir un rato,
apareció una solución: viajar esa misma noche, a las once, hasta Barranquilla.
Y como todavía faltaban varias
horas para el vuelo, Miriam y yo decidimos hacer algo que, visto en
perspectiva, solo puede calificarse como turismo ultra, hiper, súper rápido.
Contratamos un servicio de taxi
por cinco horas y salimos a conocer Panamá a toda velocidad. Visitamos la
ciudad antigua, recorrimos la zona moderna, tuvimos una vista del Canal de
Panamá desde lejos, almorzamos en un restaurante bastante ficho y tomamos
fotografías y videos como si hubiéramos tenido una semana completa para
hacerlo.
Fue una especie de Panamá
Express: ciudad antigua, ciudad moderna, Canal, almuerzo, fotos, videos y
regreso al aeropuerto.
Todo en cinco horas.
No sé si eso puede llamarse
turismo.
Pero nosotros tenemos pruebas.
Por la noche tomamos el vuelo
hacia Barranquilla. Allí conocimos a otros dos peruanos que estaban
prácticamente en la misma situación y, entre los cuatro, tomamos un taxi hasta
Santa Marta. El taxista nos cobró 110 dólares. A esas alturas ya no estábamos
para discutir. Queríamos llegar.
Y finalmente llegamos.
Cuando entramos al hotel cuatro
estrellas frente al mar, sentí que por fin las vacaciones habían comenzado de
verdad. Playa, sol, comida, descanso y Miriam a mi lado. Después de todo el
trajín del viaje, estar allí con ella tenía un valor especial. Habíamos
superado juntos la primera parte de la aventura y ahora tocaba disfrutar.
Y disfrutamos.
Hasta que llegó el 16 de julio.
Ese día tiene un significado
especial para nosotros porque es mi cumpleaños y también nuestro aniversario de
matrimonio. Después de haber disfrutado de varios días en Santa Marta,
estábamos regresando del Parque Tayrona y tuve la brillante idea de montar a
caballo.
Yo no soy jinete. No tengo
experiencia ecuestre. Pero uno está de vacaciones y parece que, durante las
vacaciones, también se suspende temporalmente el sentido común.
El caballo avanzaba
tranquilamente hasta que dejó de hacerlo.
Me caí.
Y aquí apareció mi instinto de
supervivencia social: me levanté rapidito para evitar el roche. Me sacudí la
ropa, me acomodé y hasta intenté peinarme, como si nada hubiera ocurrido. El
único pequeño detalle era que mi brazo derecho no se movía.
Pero mientras yo estaba tratando
de aparentar normalidad, ocurrió algo que en ese momento no llegué a comprender
en toda su dimensión.
Miriam, al verme caer, se bajó
rápidamente de su caballo y quiso avanzar hacia mí.
Bueno... eso es lo que ella quiso
hacer.
Su cuerpo efectivamente avanzó,
pero su pie derecho quedó atrapado entre dos rocas y se dislocó.
Y aquí viene algo que todavía me
cuesta entender.
Miriam estaba lesionada y, sin
embargo, pensó que el que estaba peor era yo.
No sé de dónde sacó fuerzas, pero
asumió el liderazgo.
Mientras yo estaba tratando de
entender por qué mi brazo derecho no respondía, ella comenzó a ocuparse de mí.
Llevó las bolsas, me ayudó a deslizarme, a avanzar y a sentarme. Prácticamente
me ayudó a cargarme, mientras ella misma tenía un pie lesionado.
Yo estaba preocupado por mi
hombro.
Ella estaba preocupada por mí.
Y eso, visto ahora con cierta
distancia, dice muchísimo más de Miriam que cualquier discurso romántico que yo
pudiera escribir.
En el propio Parque Tayrona nos
atendieron de emergencia. A mí me pusieron un curita en la rodilla y me dieron
paracetamol. A Miriam le atendieron el pie. Como en ese momento no parecía
haber una lesión grave en mi hombro, pensamos que todo quedaría en un buen
susto.
Qué equivocados estábamos.
Ya de regreso en el hotel, el
dolor de mi hombro comenzó a aumentar hasta volverse insoportable. Y fue
entonces cuando Miriam volvió a tomar el control de la situación. No hubo
discusiones ni dramatismo. Simplemente decidió que nos íbamos a una clínica.
Así es Miriam.
Cuando yo todavía estoy tratando
de convencerme de que "no es nada", ella ya está pensando qué hacer.
Me llevó de emergencia a una
clínica de Santa Marta. Menos mal que habíamos contratado un seguro de viaje en
Lima. Esa noche me hicieron radiografías y nos dijeron que no había fisura ni
fractura en el hombro derecho.
Regresamos al hotel pensando que,
aunque dolorido, probablemente el asunto no sería demasiado serio.
Pero al día siguiente mi brazo
seguía sin moverse y el dolor continuaba. Por eso regresé a la clínica para una
ecografía. El resultado tampoco mostró, según nos dijeron, un daño importante y
me aseguraron que en unos días estaría repuesto.
Yo quería creerlo.
Miriam, en cambio, seguía
observándome con esa mirada que parece decir: "A mí no me engañas".
Y tenía razón.
Los últimos días en Santa
Marta
Aunque yo seguía sin poder mover
el brazo derecho, todavía nos quedaban tres días de hotel pagado. Y, siendo
consecuente con mis prioridades, decidí que no iba a desperdiciarlos.
Así que seguí disfrutando de la
playa.
Me metía al mar y nadaba
inclinado, utilizando solamente el brazo izquierdo. La técnica no estaba en
ningún manual de natación; parecía más bien la de Nemo después de pasar por
mantenimiento correctivo.
Pero estaba feliz.
Porque estaba en Santa Marta,
frente al mar, con Miriam, y no iba a permitir que un caballo me arruinara
completamente las vacaciones.
Lo curioso es que yo seguía
concentrado en mi hombro y casi no prestaba atención al pie de Miriam. Ella
tampoco se quejaba demasiado. Había asumido que lo suyo era un malestar
pasajero.
Los dos estábamos equivocados.
El regreso a Lima y las
verdaderas lesiones
Al regresar a Lima comenzaron las
pruebas de verdad. Más consultas, más exámenes y finalmente una Resonancia
Magnética.
Ahí apareció la realidad de mi
hombro: se había roto el manguito rotador, un hueso estaba fuera de su cavidad
y cuatro tendones estaban dañados. Uno de ellos estaba roto y necesitaba un
injerto.
En términos poco científicos, mi
hombro había decidido independizarse.
La operación fue programada para
tres semanas después del accidente. Cuando me dijeron el costo, pensé que era
una barbaridad. Después intervino el seguro y quedó en una cifra que seguía
siendo una barbaridad, pero una barbaridad con descuento.
Pero mientras yo estaba metido en
mi propio proceso médico, comenzó a aparecer el verdadero problema de Miriam.
El dolor de su pie derecho no
desaparecía.
Se hizo sus propios exámenes y
finalmente una Resonancia Magnética mostró que se habían roto tres
ligamentos.
Así que la mujer que, estando
lesionada, había estado cargando mis bolsas, ayudándome a desplazarme y
preocupándose por mí, ahora tenía que comenzar su propio tratamiento.
Miriam entró en terapia.
Y sigue con ella hasta ahora.
Por suerte, ha ido recuperándose
y la evolución fue suficientemente buena como para que el médico finalmente le
dijera que ya no sería necesaria una operación.
Cuando pienso en eso, todavía me
resulta un poco increíble.
Yo estaba preocupado porque no
podía mover el brazo.
Ella tenía tres ligamentos rotos
y, aun así, aquel día su primera preocupación fue ayudarme a mí.
Creo que algunas cosas no
necesitan explicación.
El ingeniero sin mantenimiento
Me operaron del hombro y me
dieron un mes de descanso médico.
Y ahí descubrí algo que ningún
curso de Facility Management me había enseñado: cuando falla un componente
crítico, toda la operación se complica.
No podía comer normalmente, no
podía afeitarme, no podía vestirme, no podía dar la mano y tampoco podía hacer
algo mucho más elemental: limpiarme después de ir al baño.
Tuve que aprender a hacerlo con
la mano izquierda.
Y ahí descubrí que la mano
izquierda no tenía la experiencia operativa de la derecha. A veces terminaba la
limpieza, miraba el papel higiénico y salía limpiecito.
Demasiado limpiecito.
Uno comienza entonces a sospechar
que quizá el proceso no ha sido completamente eficiente.
No voy a entrar en mayores
detalles por respeto al lector.
Y a mi dignidad.
Durante varias semanas utilicé un
cabestrillo y dependí de Miriam para muchas cosas que antes hacía
automáticamente. Pero ahora ambos estábamos en recuperación. Ella con su pie y
yo con mi hombro.
Y quizá fue ahí donde comprendí
todavía mejor algo que uno a veces olvida después de muchos años de matrimonio:
el amor no siempre aparece en las grandes declaraciones. A veces aparece en
alguien que te lleva una bolsa, te ayuda a sentarte, te pregunta si puedes
caminar, te acompaña a una clínica o simplemente se queda a tu lado cuando las
cosas se complican.
Y Miriam hizo todo eso.
Incluso cuando ella también
estaba lesionada.
Para no aburrirme
Para no aburrirme durante el
descanso médico, me matriculé en un curso y lo terminé en tiempo récord.
Después me refugié en YouTube: matemáticas, exposiciones de matemáticos y
físicos sobre nuevas teorías, sustentaciones de tesis y todo aquello que pudiera
mantener mi cabeza ocupada.
Y, naturalmente, también terminé
viendo series rusas románticas.
Porque tampoco hay que exagerar
con la ciencia.
Y para completar el equilibrio
intelectual, vi capítulos enteros de Hablando Huevadas.
Matemáticas, física, tesis,
romance ruso y Hablando Huevadas.
Mi rehabilitación tenía una
metodología bastante particular.
Epílogo
Hoy, cuando recuerdo Santa Marta,
no pienso solamente en el mar, el hotel, el Parque Tayrona o la comida.
Recuerdo el avión dando vueltas sobre Panamá, mi falsa intención de bajar del
avión, el vuelo perdido, mi indignación estilo Mr. Bean, las cinco horas de
turismo a toda velocidad, los 110 dólares del taxi, el caballo, el curita y el
paracetamol.
Pero sobre todo recuerdo aquel
momento en el que los dos nos caímos.
Porque técnicamente yo fui el que
terminó con el hombro destrozado, pero Miriam también salió lesionada. La
diferencia es que, mientras ella tenía el pie derecho lastimado, decidió
preocuparse primero por mí.
Eso no se olvida.
Aquel viaje comenzó como una
aventura de los dos y terminó convirtiéndose, durante un tiempo, en una prueba
para los dos. Yo me llevé el golpe físico en el hombro; ella terminó con tres
ligamentos rotos. Pero cuando ocurrió el accidente, ella no pensó en su propio
dolor. Pensó en ayudarme.
Y eso también es parte de viajar
juntos por la vida.
Uno puede tener itinerarios,
reservas, seguros, planes de contingencia y hasta experiencia en gestión de
riesgos.
Y entonces aparece un caballo.
Y se acabó el plan.
Pero también descubrí algo que
probablemente vale mucho más que cualquier planificación: cuando uno pierde
temporalmente su autonomía, descubre cuánto depende de la persona que tiene al
lado.
Mi hombro volvió a funcionar.
Lentamente, pero volvió.
El pie de Miriam también ha ido
recuperándose y, felizmente, por ahora se ha evitado una operación.
Y nosotros seguimos aquí.
Juntos.
Después de tantos años de
matrimonio, creo que todavía tenemos la capacidad de convertir unas vacaciones
en una historia que vamos a recordar durante mucho tiempo.
Aunque para el próximo viaje ya
tengo una recomendación bastante clara:
nada de caballos.
Con Miriam sí.
Con caballos, no.

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