EXtraño: Una EXplosión y un EXloco
Durante una época tuve un Ford Escort negro de segunda mano que guardaba un vicio infame: se apagaba cuando le daba la gana. Sin avisar, sin patrón y en el peor momento posible, el auto decidía declararse en huelga y exponerme al ridículo. El diagnóstico improvisado le echaba la culpa a la batería, que se agotaba a mitad de camino y nos dejaba tirados en medio de la nada. Con el tiempo, Miriam y yo convertimos la falla en un engranaje coordinado: ante el primer tictac de muerte, yo saltaba al capó a mover cables mientras ella probaba el encendido desde el volante. Si salíamos de casa de algún familiar, nos asegurábamos de estacionar en bajada, confiando más en la ley de la gravedad que en la traicionera ingeniería eléctrica de la Ford. Por supuesto, la rutina solía venirse abajo entre reproches y discusiones al paso; no llevé la cuenta exacta, pero fácil fueron catorce peleas de carretera.
Una madrugada, de regreso de una reunión, el Escort decidió desmayarse en plena avenida Marsano, en una curva oscura y solitaria de Surquillo. Tras varios giros inútiles de llave, puse en marcha el ritual habitual: capó arriba, manos entre cables negros de grasa y Miriam lista en el asiento del piloto. En medio de esa rutina mecánica irrumpió una silueta. Un tipo desaliñado, a tirones y a viva voz, recortaba distancia en línea recta hacia nosotros. La sombra no venía a pedir la hora: avanzaba con los brazos tensos y una furia inexplicable. Con el motor frío y las manos temblando sobre la batería, la vulnerabilidad de la noche se nos vino encima.
—¡Miriam, sal del carro! ¡Va a explotar! —grité a pleno pulmón, lanzándome hacia atrás como si llevara una bomba a punto de detonar.
Miriam cazó la escena al vuelo. Abrió la puerta de golpe, soltó un alarido de espanto y echó a correr a la par conmigo. El tipo frenó en seco. Clavó los ojos en nosotros, giró la cabeza hacia el chasis del auto y volvió a medir la distancia entre la supuesta bomba y su pellejo.
No caminó; picó a toda marcha. Cruzó la avenida Marsano sorteando la calzada e internándose en la penumbra.
Esperamos unos segundos a que la calle volviera a quedar en silencio antes de regresar al carro. Me acomodé en el asiento, giré la llave y el Ford respondió al primer contacto, rugiendo como si jamás hubiese tenido un fallo.
Avanzamos un par de cuadras por la misma avenida cuando los faros iluminaron a un hombre que corría desesperado a lo lejos, esquivando postes y sombras. Pasamos a su lado en marcha silenciosa, viéndolo huir a toda prisa de un fantasma de metal que jamás llegó a estallar.


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