La extraña teoría de mi hermano sobre la velocidad

Cuando tenía unos nueve años, vivíamos esas vacaciones de enero en las que los días parecían durar muchísimo más que ahora. Uno se levantaba temprano, desayunaba, salía a jugar y podía pasar toda la mañana haciendo cualquier cosa sin que nadie estuviera pendiente de celulares, WhatsApp, videojuegos ni ninguna de esas cosas que hoy hacen que un niño pueda pasar seis horas sentado sin darse cuenta de que afuera existe un mundo bastante más interesante. Nosotros teníamos la calle, los amigos, una pelota y, sobre todo, una imaginación bastante generosa para convertir cualquier cosa en un experimento. Y en mi casa, además, mi hermano Raúl, tres años menor que yo, tenía una curiosidad particularmente peligrosa. Era de esos niños que, cuando alguien decía que algo funcionaba de determinada manera, en lugar de aceptarlo tranquilamente, inmediatamente quería comprobar si podía funcionar de otra. Si había una manera conocida de hacer algo, él quería descubrir otra. Y si esa otra manera era más rápida, más eficiente o simplemente más extraña, mucho mejor.

Ese día, cerca del mediodía, estábamos tranquilamente en la casa cuando escuchamos que alguien llegaba. No recuerdo exactamente qué estábamos haciendo, pero sí recuerdo perfectamente el momento en que apareció mi hermano. Entró por la puerta con sangre en la frente. No una pequeña raspadura que uno pudiera mirar y decir "ah, se golpeó". No. Era sangre de verdad, bajándole por la cara, acompañada de un hematoma que ya empezaba a tomar proporciones importantes. Mi vieja lo vio y, naturalmente, se puso pálida. Creo que las madres tienen un mecanismo de alarma que no necesita electricidad, baterías ni mantenimiento: basta con que aparezca un hijo sangrando para que todo el sistema se active inmediatamente. Mi vieja se acercó, empezó a limpiarle la sangre y, entre preocupada y molesta, le preguntó:

—Pero, ¿quién pudo haberte hecho esto?

Mi hermano, bastante tranquilo para alguien que acababa de llegar con la frente ensangrentada, le explicó que había estado en el mercado y que venía corriendo de regreso a la casa por la calle Salaverry. Hasta ahí, todo parecía razonable. Mi hermano jugaba de calichín en Universitario de Deportes, así que correr era parte de su vida. Tenía entrenamiento, jugaba fútbol y seguramente tenía bastante más resistencia que nosotros. Si hubiera llegado sudando después de correr varias cuadras, nadie habría sospechado nada. El problema era que, aparentemente, durante ese recorrido había realizado un descubrimiento científico que estaba a punto de revolucionar la fisiología humana.

Según contó, mientras corría se le ocurrió cerrar un ojo.

No sé por qué.

Tal vez fue curiosidad. Tal vez estaba haciendo una prueba. Tal vez simplemente se le ocurrió, que es una explicación bastante frecuente en los experimentos infantiles. Lo cierto es que cerró un ojo y siguió corriendo. Y entonces ocurrió algo extraordinario: sintió que avanzaba más rápido.

Hasta aquí, cualquiera podría pensar que había sido una sensación momentánea. Una percepción equivocada. Una casualidad. Lo normal habría sido abrir el ojo, seguir corriendo y olvidarse del asunto. Pero ese no era el procedimiento de mi hermano. Si había descubierto algo, había que investigarlo.

Entonces pensó, aparentemente, que si con un ojo cerrado corría más rápido, con los dos ojos cerrados debería correr todavía más rápido.

La lógica era impecable.

Bueno… era impecable para él.

Así que cerró los dos ojos y siguió corriendo.

Y ahí empezó la verdadera investigación.

Según nos contó, al no ver nada sentía que podía concentrarse mejor en correr. Ya no tenía que distraerse mirando las casas, los carros, las personas ni ninguna otra cosa que pudiera aparecer delante de él. Todo estaba oscuro. Y, curiosamente, esa oscuridad le daba la sensación de que avanzaba más rápido y, además, no se cansaba tanto. Para cualquier otro niño, aquello habría sido suficiente para llegar a la conclusión de que quizá estaba imaginando las cosas. Para mi hermano, en cambio, era una señal de que había descubierto un nuevo procedimiento de entrenamiento.

Así que decidió perfeccionarlo.

Si cerrar los ojos aumentaba la velocidad, había que aumentar el nivel de concentración. Apretó más los párpados.

No simplemente cerrarlos.

Apretarlos.

Como si la velocidad dependiera directamente de la presión ejercida sobre los ojos.

Y siguió corriendo.

Yo me imagino la escena y todavía me cuesta entender cómo llegó tan lejos. Un niño corriendo por la calle Salaverry con los dos ojos cerrados, tratando de perfeccionar un método que acababa de inventar, probablemente convencido de que estaba a punto de descubrir una técnica que ningún entrenador de fútbol había considerado antes. Y como además jugaba de calichín en la "U", seguramente en su cabeza aquello ya tenía cierta lógica deportiva. Quizá estaba pensando que los grandes jugadores entrenaban velocidad, resistencia y coordinación, mientras él acababa de descubrir una variable completamente nueva:

la oscuridad.

El único pequeño inconveniente del método era que, al cerrar los dos ojos, había eliminado de la ecuación un elemento bastante importante para correr por una calle:

la capacidad de ver hacia dónde iba.

Y entonces ocurrió.

No sé si fue una cuestión de velocidad, de entusiasmo, de exceso de confianza o simplemente de mala suerte. Lo cierto es que mi hermano siguió avanzando con los ojos cerrados hasta que, en algún punto del recorrido, apareció un obstáculo que no figuraba en su nuevo método de entrenamiento.

Un poste.

Y el poste, a diferencia de mi hermano, no estaba haciendo ningún experimento.

El impacto fue suficiente para producirle aquel tremendo hematoma en la frente y, naturalmente, para terminar de validar una teoría que hasta ese momento parecía prometedora.

Mi vieja lo escuchaba mientras le limpiaba la sangre y probablemente estaba tratando de decidir si primero debía preocuparse por el golpe, molestarse por la imprudencia o preguntarse qué clase de hijo había criado.

—¿Y por qué corrías con los ojos cerrados? —le preguntó.

Mi hermano, con la naturalidad de quien explica algo perfectamente razonable, le respondió que había descubierto que así corría más rápido y no se cansaba.

Silencio.

Creo que mi vieja debió mirar primero el hematoma, luego a mi hermano y finalmente al cielo, buscando quizá una explicación superior.

Porque una cosa es que un hijo llegue con la frente golpeada.

Otra cosa es que llegue con la frente golpeada como consecuencia de una investigación científica que él mismo había diseñado.

Y, pensándolo bien, lo más sorprendente no fue que hubiera corrido con los ojos cerrados. Lo verdaderamente sorprendente es que, dentro de su lógica, el experimento tenía cierta coherencia. Había observado algo, había formulado una hipótesis, había cambiado una variable y había probado nuevamente. El problema fue que se olvidó de una pequeña condición de seguridad: el laboratorio era la calle.

Años después, cuando recuerdo aquella historia, me doy cuenta de que mi hermano ya tenía, desde niño, algo que posteriormente lo acompañaría durante toda su vida profesional: esa necesidad de observar cómo se hacen las cosas y preguntarse si existe una manera diferente de hacerlas. De adulto terminó convirtiéndose en un experto en Kaizen, esa filosofía de mejora continua que parte justamente de la idea de que siempre puede haber una forma de hacer algo un poco mejor, un poco más eficiente o un poco más inteligente. Y, viéndolo retrospectivamente, quizá aquel episodio fue una de sus primeras experiencias de mejora continua.

Aunque, siendo estrictos, podríamos decir que aquella vez hubo una pequeña desviación del método.

El proceso fue:

correr → cerrar un ojo → correr más rápido → cerrar los dos ojos → correr todavía más rápido → apretar los ojos → aumentar la velocidad → encontrarse con un poste.

El resultado final fue un hematoma.

Pero también quedó una enseñanza que, muchos años después, podría resumirse en una frase bastante relacionada con el Kaizen:

no basta con mejorar un procedimiento; también hay que verificar que la mejora realmente mejore el resultado.

Y, sobre todo, que sea segura.

Porque si no se verifica correctamente, puede ocurrir lo que le pasó a mi hermano:

terminas mejorando tanto el método… que el poste termina formando parte del proceso.

 


  

 

  
 

Comentarios

Alberto Espinoza ha dicho que…
... Tengo que hacer una pausa y decirlo con todas sus letras: mi hermano Raúl tenía razón.

Yo sé que cuando uno lee la anécdota suena a la típica travesura de barrio que termina en un chichón contra un poste, y uno se ríe y dice "qué ocurrencia", pero resulta que el muchacho, sin haber pisado una universidad, sin haber leído un paper en su vida, había descubierto de manera empírica, corriendo por la vereda de su casa, lo que hoy la neurociencia te cobra 100 dólares la hora para explicarte en un laboratorio con sensores en la cabeza.

Porque es que el cerebro no tiene un velocímetro interno como el carro, el cerebro calcula qué tan rápido vas mirando cómo te pasan los árboles y las casas por el costado, lo que los científicos llaman flujo óptico, y si tú le quitas esa referencia, si le cierras un ojo y luego le apagas las luces por completo, el cerebro se vuelve loco y te crea la ilusión más potente de todas, que estás acelerando, y al mismo tiempo, al dejar de gastar energía procesando huecos, gente y carros, toda esa corriente se va directa a las piernas, te cansas menos y sientes que flotas.

Así que no, Raúl no estaba imaginando cosas. El experimento era real, la ciencia hoy lo respalda por completo, lo único que la ciencia no pudo respaldar fue el poste.

Entradas populares