Nos secuestraron


Como de costumbre, los fines de semana salíamos con mi flaca y mi suegra a pasear y almorzar. Era una sana costumbre familiar que, hasta ese momento, no había representado ningún peligro para nuestra integridad física ni financiera.

Pero un sábado decidimos usar una invitación de una empresa inmobiliaria. Nos ofrecían un almuerzo familiar en Chosica, en un lugar campestre, con la única condición de escuchar durante 45 minutos una explicación sobre las ventajas de adquirir un terreno en el campo.

Sin ningún compromiso de compra, por supuesto.

La propuesta era tentadora. Un paseo, un almuerzo gratis y un día soleado. ¿Qué podía salir mal?

Además, nos habían explicado que debíamos asistir en pareja y llevar nuestras tarjetas de crédito para verificar que cumplíamos con los requisitos de la promoción. Nada del otro mundo, pensé. Una formalidad comercial.

Salimos de casa con Miriam rumbo al Rímac, donde recogeríamos a mi suegra. Como siempre, ella tenía una particular manera de administrar el tiempo. Aunque sabíamos que debíamos salir a más tardar a las 10:30 de la mañana, todavía encontraba algunas actividades domésticas que, por alguna razón, adquirían una importancia extraordinaria justo antes de salir.

Yo ya conocía el procedimiento. En lugar de desesperarme, le hacía bromas para que se apurara. En realidad, le daba cierto margen para que me hiciera renegar un poquito. Era una manera de mantener viva la tradición familiar.

Finalmente, recogimos a mi suegra y partimos hacia Chosica. Llegamos antes de la una de la tarde, tal como estaba previsto. Yo ya sentía algo de hambre …

Nos recibieron unas anfitrionas muy simpáticas. Nos preguntaron nuestros nombres, el DNI y algunos datos. Luego nos condujeron hasta una mesa.

Todo parecía bastante agradable. Había bebidas heladas y un ambiente festivo. La anfitriona comenzó a conversar con nosotros. Nos preguntó de dónde veníamos, qué hacíamos los fines de semana y si nos gustaba el campo, la naturaleza, el sol y la tranquilidad.

Miriam y mi suegra respondían afirmativamente a casi todo.

—¿Les gusta el campo?

—Sí, claro.

—¿Disfrutan de la naturaleza?

—Por supuesto.

—¿Les gusta el sol?

Yo también respondía, aunque con algunas precisiones. En realidad, a mí me gustaba más la playa.

La conversación era bastante cordial. La señorita parecía interesada en conocernos y nosotros estábamos convencidos que se trataba de una atención propia de la promoción.

Después de unos minutos se acercó un joven muy bien vestido, impecablemente peinado y con una sonrisa que me pareció demasiado entrenada. Se presentó como nuestro asesor comercial y se sentó con nosotros. Yo hubiera querido que fuera el mozo (es que ya tenía hambre).

Su primera misión fue establecer una relación de confianza. Me preguntó por mis actividades, mis gustos y nuestras preferencias familiares. Quería saber si nos gustaba viajar, descansar, pasar tiempo juntos y disfrutar de la naturaleza.

Luego me preguntó si había llevado mis tarjetas de crédito.

Le dije que sí.

Quiso tomarlas cortésmente para revisarlas, pero le aclaré que, según las condiciones de la invitación, solamente debía mostrarlas. No permitiría que las manipularan.

Mi flaca me miró como diciendo: «No seas malo con el joven, oye».

El muchacho mantuvo la sonrisa. Yo también, aunque la mía era menos comercial.

Comenzó entonces la presentación del proyecto. Me habló de las bondades de la zona, del clima, de los espacios verdes y de la tranquilidad que encontraríamos en nuestra futura casa de campo.

—Le gusta el campo, ¿no?

—Bueno, sí, pero a mí me gusta más la playa y el lomo saltado.

No pareció desanimarse.

Continuó explicándome las maravillas del proyecto: las áreas comunes que desarrollarían, los espacios recreativos, las actividades familiares y la posibilidad de alquilar nuestra futura casa para obtener ingresos adicionales.

Según su explicación, no solamente compraríamos un terreno. Adquiriríamos un estilo de vida, momentos inolvidables con la familia y, de paso, una inversión que prácticamente se pagaría sola.

Me estaba vendiendo el futuro. Y lo hacía bastante bien.

Después nos llevó a otro ambiente donde había un mapa enorme con los terrenos disponibles. Parecía que estábamos a punto de elegir la ubicación de nuestra futura residencia.

—¿Dónde le gustaría construir su casa?

Miriam observó el plano y señaló una ubicación cercana a la piscina.

Yo la miré. Todavía no habíamos comprado nada y ella ya estaba eligiendo la ubicación. Al parecer, la casa de campo ya tenía una primera decisión tomada.

El asesor tomó nota y, con bastante solemnidad, nos presentó el precio.

No recuerdo la cifra exacta, pero sí mi reacción. Debo haber puesto una cara de poto bastante convincente.

El precio era exagerado. Por un momento pensé que el terreno incluía también la piscina, el club, el restaurante y, posiblemente, al joven asesor para que nos atendiera los fines de semana.

El muchacho notó mi expresión y rápidamente me tranquilizó.

—No se preocupe, señor. Yo puedo conseguirle un descuento importante. Voy a conversar con mi gerente.

Y se retiró.

Yo pensé que finalmente podríamos almorzar. Pero no. La operación comercial recién estaba entrando en otra etapa.

Apareció el gerente de ventas. Se acercó a nuestra mesa con una actitud bastante seria, como si hubiera tenido que interrumpir una reunión de directorio para atender personalmente nuestro caso.

El asesor ya le había explicado que el precio nos parecía elevado.

El gerente tomó un papel, sacó un lapicero rojo y comenzó a hacer cálculos. Tachó una cifra, escribió otra y nos anunció que podía ofrecernos una rebaja del 30%.

Pero había una condición: la oferta solamente sería válida hasta las cuatro de la tarde de ese mismo día.

No entendí muy bien por qué el plazo era tan importante. Supuse que, después de las cuatro, los terrenos se convertían en calabazas.

Yo ya tenía mucha hambre. Eran aproximadamente las 2:10 de la tarde y, cuando tengo hambre, mi capacidad de negociación disminuye, pero mi mal carácter aumenta considerablemente.

Le dije que agradecía la oferta, pero que primero debíamos almorzar y después conversaríamos.

El gerente no pareció escucharme.

En lugar de dar por terminada la conversación, me ofreció otra rebaja: un 30% adicional. Esta vez, sin embargo, el descuento correspondía a un terreno más alejado de la piscina.

Miriam volvió a mirar el plano. El gerente esperaba una respuesta. El asesor mantenía su sonrisa.

Yo, en cambio, empezaba a sospechar que el almuerzo gratuito tenía una cláusula invisible: había que comprar el terreno para tener derecho a comer.

—Pero, ¿cuándo vamos a almorzar? —pregunté.

El gerente continuó explicando las ventajas de la oferta.

—Mire, señor, estamos haciendo un esfuerzo especial para ustedes.

Yo también estaba haciendo un esfuerzo especial: mantener la paciencia mientras mi estómago comenzaba a presentar una reclamación formal.

En ese momento escuché, desde otra mesa, el sonido de una botella de champaña al abrirse. Inmediatamente después, unos aplausos.

Alguien había comprado un terreno.

El ambiente se animó. Las anfitrionas felicitaron a los compradores y el personal celebró la operación.

Once minutos después, se repitió la escena.

Otra botella, otros aplausos y otra familia que, aparentemente, acababa de encontrar la felicidad inmobiliaria.

Comencé a comprender que aquellos aplausos no eran solamente una celebración. También eran una manera bastante eficaz de recordarnos que otras personas sí estaban tomando decisiones, mientras nosotros seguíamos pensando en el almuerzo.

El gerente volvió a la carga.

Yo insistía en que quería almorzar y que después podríamos continuar conversando. Pero la situación comenzó a cambiar de tono.

Al notar que no cedía, el gerente perdió la compostura.

Me dijo que llevaba más de una hora explicándome las condiciones de la oferta y que yo no entendía. Que su tiempo valía oro y que no podía desperdiciarlo de esa manera.

También comenzó a enumerar los gastos que la empresa había asumido por nuestra presencia: las gaseosas, los bocaditos y, por supuesto, el almuerzo.

En ese momento pensé que podía resolver el asunto de una manera bastante sencilla.

—Mire, si el problema es el costo del almuerzo y las bebidas, yo se los pago. Pero déjenme retirarme.

No llegué a decírselo. Además, a esas alturas, con el comportamiento que estaba mostrando el gerente, empecé a imaginar que, si aceptaba comer, quizás hasta podía encontrarme con algún ingrediente adicional en el plato. Uno nunca sabe. El hambre tiene sus límites, pero la prudencia también tiene los suyos.

Le dije que hasta allí nomás. No iba a permitir que me levantaran la voz. Me levanté de la silla y anuncié que me retiraba.

Entonces ocurrió algo que terminó de darle sentido al título de esta historia.

El gerente me agarró del hombro. Lo hizo de una manera que pretendía ser cortés, como si quisiera acompañarme a la salida, aunque su mano parecía tener otros propósitos.

Miriam y mi suegra estaban horrorizadas. Yo tampoco estaba precisamente disfrutando de la experiencia.

Miré a Miriam y le dije:

—¡Llama a la policía! ¡Nos están secuestrando!

Se acercaron otras anfitrionas y algunos supervisores para calmar al gerente y evitar que la situación siguiera empeorando. Finalmente, conseguí que me soltara.

Le pedí a Miriam que acompañara a mi suegra hasta el automóvil. Yo regresaría un momento para expresar mi malestar por lo sucedido y, especialmente, por el comportamiento agresivo y narcisista del gerente.

No pensaba irme sin dejar constancia de lo ocurrido.

Cuando regresé, pedí que me alcanzaran la carta.

La señorita que me atendió me miró con cierta extrañeza.

—¿La carta, señor?

—Sí, por favor.

—Pero tenemos un solo tipo de plato.

—No, señorita. Me refiero al Cuaderno de Reclamaciones.

Por un instante, hasta yo me sorprendí de mi propia confusión. Tenía tanta hambre que mi cerebro había convertido el Cuaderno de Reclamaciones en una carta de platos y bebidas. Supongo que, después de tantas horas, ya no distinguía entre una reclamación y una entrada de fondo.

Finalmente, nos fuimos. No almorzamos allí, ni compramos el terreno, ni celebramos nada con champaña. Tampoco hubo aplausos para nosotros. Nuestra única celebración consistió en recuperar la libertad de movimiento.

Durante el trayecto de regreso puse salsa del Gran Combo. La música tenía una misión bastante importante: tranquilizar a mi suegra, a quien seguramente se le había subido la presión con todo lo sucedido.

Miriam, por su parte, me comentó que todo podría haber sido distinto. Había sido un día soleado, bonito, ideal para pasear y compartir en familia, y yo lo había terminado malogrando con mi comportamiento.

La escuché. No le faltaba razón en que el día había comenzado de una manera estupenda. Pero también se dio cuenta de que aquello no era una simple presentación inmobiliaria. La estrategia funcionaba precisamente así: primero te atraían con una invitación, después te envolvían con atenciones, te vendían un futuro maravilloso y, cuando no comprabas, comenzaban a presionarte hasta hacerte sentir que el problema eras tú.

Y si todavía te resistías, aparecía el gerente.

Finalmente encontramos un restaurante donde no secuestraban a nadie. A esas alturas, ya era bastante.

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