Mi hermano solo quería probar una camioneta

Todo empezó como una prueba mecánica.

Mi hermano trabajaba en una empresa donde usaban camionetas 4x4 para operaciones de campo. Ese día una de ellas falló y pasó toda la mañana en el taller: herramientas, grasa, diagnósticos… lo de siempre.

Al final, el mecánico cerró el capó, se limpió las manos y dijo:

—Ya está lista.

Pero también aclaró:

—Una cosa es que funcione aquí… y otra muy distinta es probarla donde realmente vale.

Había que llevarla a la arena.

Esa misma tarde salieron a la playa. A la Costa Verde.

El sol ya estaba cayendo.

Mi hermano manejaba.

El mecánico iba atento, escuchando el motor como si pudiera detectar cualquier detalle raro.

Bajaron la presión de las llantas.

Entraron a la arena.

Avanzaron despacio.

—Parece que ya respondió bien… —dijo el mecánico.

Siguieron unos metros más.

—No, espera… regresa por ese lado.

Dieron la vuelta.

—Ahora sí… ya agarró mejor.

Todo parecía normal.

Hasta que dejó de serlo.

Empezaron a aparecer carros.

Varios.

Separados entre sí.

Con las luces apagadas.

Mi hermano redujo la velocidad, buscando cómo salir.

Entonces pasó algo raro.

En un carro, una pareja dejó de moverse.

En otro, alguien bajó la luna lentamente… y se quedó mirando.

Más adelante, una chica le dijo algo a su acompañante y ambos voltearon.

Otro carro encendió el motor… pero no avanzó.

El ambiente se volvió extraño.

Silencio.

Miradas.

Demasiadas miradas.

Mi hermano ya estaba incómodo.

No entendía qué estaba pasando.

Hasta que el mecánico miró alrededor…

se quedó callado unos segundos…

y murmuró:

—Cuñau… creo que toda esta gente piensa que somos pareja…

Mi hermano lo miró sin saber qué responder.

Silencio.

El mecánico volvió a observar los carros.

Las miradas.

La situación.

Y dijo, casi en susurro:

 —Actúa como choro mejor… eso se explica más rápido.

 Y fue en ese momento cuando ambos entendieron que hay situaciones que simplemente no tienen forma elegante de explicarse.

 


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